Querencia

Me atropellaron los momentos, los recuerdos, los te quiero. Me encantaría contarte que te pienso, y que en las noches al dormir me quedan cosas que decirte. Que compartir ese café ojalá no quedara lejos, y que ojalá la risa nos hiciera cosquillas a un palmo.

Y ese abrazo que me falta, ese abrazo que te guardo.

Confieso que a veces nos imagino al lado y sonrío, porque también de pensamiento me vuelvo payaso, y se me ocurren mil y una monerías para cuando te siento un grado abajo.

La querencia es caprichosa y decidida, no entiende de geografía ni de medios de transporte, y poco le importan los cinco sentidos. Qué más da si no te veo, qué si no te escucho, nada se queja si no hay caricias, mucho menos si el perfume se pierde, y ya de sabores mejor ni hablamos.

La querencia se conforma con un mensaje a deshora.

Quisiera decirte que esta soledad a veces duele, y que todo sería más fácil si aquí, viendo al techo, también estuvieras tú, simplemente, en silencio. O quebrándome la cabeza con puros cuentos. Pero aquí. Que en aquella celebración quise ver tu sonrisa y no leerla, que durante aquella mala época quise tomarte de la mano y no contarte que lo haría, y que cuando me enseñaste aquella foto la estuve mirando un buen rato. En tu cumpleaños las velas se soplarían y no serían dibujo en pantalla, y en el deseo habría lugar para más.

Me gustaría aparecer en tu puerta y decirte: agarra tus cosas, vamos a ver el mar; o que aparecieras en la mía y dijeras: si no quieres salir, pedimos sushi; y que si las circunstancias lo ameritan, la pizza es siempre una buena opción. Que si te pregunto cómo estás no haya ojos escondidos que mientan, oculten, o eviten la verdad. Que los atardeceres no los compartamos por foto. Y que las canciones, a pleno pulmón, no sean audios metalizados sino conciertos en vivo. Que se caiga el cielo si es necesario, que por desafinar en tu compañía bien vale la pena un invierno.

Si nos subiéramos a un coche puedes apostar que cantaríamos todas las canciones, y no nos importaría ni destino ni trayecto. Me encantaría que supieras que soy DJ-copiloto, y que si no me sé la canción no dura ni tres segundos puesta, porque los viajes son para cantarlos. Porque de conciertos en el coche sé un rato.

Aparecerme por sorpresa a la salida de tu trabajo con helado, prepararte un té cuando no te sientas bien, arroparte con una manta cuando tengas frío, o aparecer a tu lado si dices ven. Si estuvieras aquí…

La querencia no entiende de distancia. Te arrebata el corazón y lo lanza al otro lado del charco o al otro lado de la montaña, te lo pierde en el mapa. Y ahora dime, ¿cómo le explicamos a la querencia que no estamos? Que si es de cuerpo presente salimos perdiendo, y que la soledad nos viene ganando a punta de kilómetros. Cómo decirle no puedo verte, cómo no puedo abrazarte, cómo se complica compartirnos a veces.

Yo mientras tanto abrazo en la distancia a quienes por kilómetros no tengo, a quienes pienso y siento, a quienes comparto como puedo, con quienes convivo en penas, alegrías, logros y miedos.

¿A quién más le duele tener a alguien lejos?

 

L.

Silencio, se escucha.

Existe algún tipo de conflicto sin resolver entre el ser humano y el silencio. “Pon algo de música”, “enciende la tele”, “cuéntame algo”. El silencio, solo cuando dormimos.

Porque cuando hay silencio y nos encuentra despiertos, se desata la tormenta; de repente, se calma el alboroto en el exterior y comenzamos a escucharnos. Y cuando no estamos en paz… Qué escándalo ahí adentro. Y es que a veces, el silencio hace más ruido que cualquier bomba.

No por nada el que calla, otorga.

No todo el mundo sabe lidiar con el silencio, y no todo el mundo disfruta con las charlas mudas que implica.

Vivimos aferrados a alertas constantes, notificaciones, llamadas… y cuando nada suena, nos sentimos vacíos. El silencio nos vacía. La calma nos inquieta. Como en esas películas en las que no se mueve ni una hoja justo antes de que se desate el huracán. El silencio es nuestro inquietante preludio.

Rondaba mi cabeza en estos días la simple acción de escuchar, y ahora me detengo y pienso, ¿cómo escuchar a alguien más, cuando ni siquiera somos capaces de escucharnos a nosotros mismos? Nos evitamos, y preferimos cualquier ruido a nuestros propios pensamientos.

¿Te suena de algo?

El silencio es un arma de doble filo. Al silencio también hay que saber escucharlo.

Y saber escuchar es un ejercicio tan simple como complicado, sea el silencio (entendiéndolo como una conversación callada con nuestro propio ser), o sea una charla con otro individuo.

Partamos de la base de que no es lo mismo escuchar que oír, que no es lo mismo entender que comprender, y que todos con sus diferencias son necesarios en ese proceso que nos atañe, así como son necesarias la intuición y la tolerancia.

Si me preguntas qué parte me resulta más complicada, responderé el silencio. Callar todas las interferencias (internas y externas) que interrumpan la acción de escuchar, apagar todas las alarmas que suenen y nos distraigan, silenciar el ego y nuestro instinto de maestros, aparcar el yo muy lejos, transformarse en un ser neutro, convertirse en ruido y desaparecer. Y una vez logrado esto, ¿qué nos dicen? Cambiar el oír por escuchar, con intención y con atención. Entender por qué, usar la razón, esforzarnos por comprender aunque no estemos de acuerdo, tolerar. Y después de eso, ¿qué quiere decir? ¿qué hay más allá? Intuición. Porque, como sabemos, no siempre es lo mismo lo que queremos decir que lo que decimos, ni lo que llega al destinatario, ni lo que hay en el subtexto.

Por último sumo dos verbos más ligados a esta práctica: compartir y aprender. Compartir para que alguien escuche, escuchar para aprender de lo que nos tengan que decir.

Así que, señores, para ejercicio completo la escucha, y no la natación.

¿Lo ponemos en práctica? Sshh… Silencio, se escucha.

 

L.

Vacío

El vacío

aniquilando cada suspiro, obviando el alivio.

Habita en las tinieblas,

invisible, discreta fatal carga;

pesa, hunde, aprieta y reclama.

Un pozo de sal amarga sin atisbo de final.

Respiro

y lejos de templar, se ensalza.

El aire se pierde entre costuras,

filtraciones de alma,

y me ahogo en el oxígeno que nunca alcanza.

Tras la ventana, un sol que ciega,

dentro, la oscuridad inmediata.

Pesa más el negro que la luz que avanza

si me escapo de los rayos que tratan de dar caza

a un corazón sediento de calma.

El abismo,

único camino de salida si no es la huída.

Asomarse al precipicio y marearse.

Tiemblo.

Encontrar la causa del vértigo,

no hallar motivo para el salto.

Y así, la espera ante el vacío.

Sigue latiendo la inercia,

sigue doliendo la incertidumbre,

sigue pesando la ausencia.

Manos que se aferran al miedo

confiando el lo siempre presente.

Una carrera contrarreloj en la que falta meta,

nadar por no sumergirse y darle final.

El cansancio aparece por momentos,

las fuerzas fallan, y en el horizonte

la perfecta línea vacía de letras.

No hay palabras, ni instrucciones.

Cierro los ojos,

no hay diferencia.

Sentada en el filo, haciendo equilibrio.

Que venga un golpe de viento y decida

si caer al agujero, o llenar el vacío.

L.